Impresión, mar adriático
Del agua y el fuego
La tenuidad de la luz filtrada por las rendijas de la contraventana marrón susurra que este leve despertar puede ser ya completo, que puede ya despegarse el cuerpo lánguido de las sábanas septembrinas —frescas por esa brisa matutina que se infiltra— y posar los pies en la piedra fría, abrigarse para salir y abrir la puerta en silencio para no despertar a nadie más. La puerta se arrastra en el suelo (ojalá duerman hora tras hora tras hora, duerman hasta que queme el sol) y la luz dorada y oblicua, como todas las mañanas, baña las montañas al otro lado de la bahía —a esta hora, la tierra luce como el oro y las hojas respiran verdísimas— y apenas se refleja en la capa de agua del mar casi estático, ¿es turquesa, es dorado, acaso plateado? Antes de las siete no se percibe el movimiento de ningún barquito perturbando el sosiego del adriático —se mueve como si fuera espeso como lava—, no emerge todavía espuma alguna, al contrario de la que sí ya sube descontrolada y casi rebosa en la džezva e inunda la cocina de olor a café. (Debería ir a por la libreta y el bolígrafo, escribir sobre este momento; debería aprovechar este tiempo; me quedan sólo cuatro días en este paraíso; ¿estoy aprovechando bien estos días, estoy impregnándome bien de esta sensación?; tendría que haber hecho más fotografías con la Kodak; ¿no sabré disfrutar de las vacaciones?; tendría que haber ido a nadar cada día, I. ha ido a nadar cada día; ¿voy a arrepentirme de no haber experimentado lo suficiente?; el agua se ve deliciosa desde el alpendre, ¿estará fría, habrá medusas?) Antes de las siete, este mar tiene una capa finísima y friísima que me hace estremecer y sumergirme en la tibieza que se siente justo debajo de la superficie, en esa zona en la que el silencio explica que el agua también suena cuando se mueve: burbujea; a esa hora, suena muy poco, como si el mundo se moviera más despacio (¿como si fuera lava?). Los grupillos de pececillos no se asustan demasiado conmigo —no tanto como yo cuando anticipo una medusa que se acerca y que resulta ser nada más que una ramita— y me lanzo al otro lado de la orilla, con la luz de la alborada centelleando al ritmo del chapoteo de mis brazos: un, dos, tres, cuatro, respiro, y otra vez. A medio camino, una pausa. Miro alrededor. (¿Era esto, vivir?; ¿estaré viviendo el momento?) En la orilla, las plataformas de cemento sobresalen y dan acceso al agua y la arenilla que hay debajo está repleta de vida, los peces se alejan elegantes de mis pies, una anémona se balancea, medio dormida, casi como el gato que ha venido a tumbarse en un cojín del alpendre: me mira, evalúa, se deja tocar nada más que un segundo. (Este gato vive en otro país, es un gato de piso, excepto cuando está en esta costa adriática; se vuelve entonces gato de pueblo y no se le ve en todo el día, excepto para comer y, a veces, como ahora, para despertarse en un cojín del alpendre; cojea ligeramente y se le puede tocar muy suavemente en la mejilla antes de que le parezca demasiado.)
—El resto del día pasa tan fugaz como un instante, da apenas para una impresión: unas nubes que emergen a poniente y traen viento y lluvia (¿no podremos ver el eclipse esta noche?) y agrestan el mar y dan a las olas un color verde grisáceo, como de berza en un día de sombra agitado; unos hilos de colores y agujas de croché que descansan sobre una pieza —¿un sombrero?— a medio hacer; un barco que se acerca a la bahía; unas palabras impresas que se agitan como olas y me mecen hasta adormecerme; burek; el sol que asoma al fin tras las nubes, al otro lado de la bahía.—
«Come with me, you can bring your book. I’m just going for a buć.» Miro con la duda de si buć significa que va a nadar un rato o sólo a tirarse al agua y me sonríe; veo que no lleva más que el bañador y la toalla —sin gafas, no nadará— y me levanto. Me sumerjo otra vez en las palabras y, cuando noto el balanceo del entresueño que me invade, me zambullo en las olas, algo más crispadas que las de la mañana y ahora de color profundo, un azul que dirían petróleo. (¿Debería acercarme y abrazarlo?; pero qué fría está el agua.) El sol al otro lado de la bahía perfila las montañas tras las cuales desaparecerá e ilumina, de este lado, las plataformas de cemento construidas sobre las rocas blanquecinas, casi doradas bajo esta luz sesgada. El frío me atrapa los movimientos y vuelvo a sumergirme para calentar los músculos, abro los ojos y todo es borroso —no llevo gafas, tampoco—, imagino los peces, intuyo las algas del fondo, manchas oscuras en la arena blanca del fondo, busco el silencio y no lo encuentro. En la superficie suena la sonrisa de I. y mis palabras: este lugar es bellísimo. Subimos a la plancha de cemento, chispean las olas. Los rayos de sol atraviesan las nubes y forman una corona invertida, una cortina de luz, como si se nos fuera a aparecer Apolo para decirnos que cantáramos ese momento para grabarlo en la memoria. (Pero yo no sé cantar.) El agua dulce de la ducha que me cae sobre la cara tiene un sabor especial ante el contraste de la salada a la que arrastra, la noto en la boca y me deshago de ese azul marítimo, escucho voces fuera, en el alpendre, en esa lengua brusca que no entiendo. Hablan del eclipse, de las nubes que cubren ese lado del cielo. Subo al terrado tras ellos y miramos al cielo, decidimos probar suerte en la orilla, tal vez si miramos más hacia levante sobre las planchas de cemento se nos aparezca la luna antes de esconderse y ensangrentarse. (El gato ha vuelto y viene con nosotros hasta las piedras del margen, siempre el último de la fila, nos acompaña sin saber a qué solemnidad.) La luna de sangre no se deja ver tras las nubes, el sol ha bajado y el cielo ha tomado del astro esquivo los colores y se ha encendido y ha prendido el mar con su reflejo, un incendio rojo, rosa, naranja. (¿Así vería Ulises el mar, de color vino?) Crepitan las olas. (¿Es esto lo sublime?) El vino en el vaso es del mismo color que el agua del adriático y cantamos ese momento para no olvidarlo (¿vendría Dioniso con Apolo?), abrazamos el dedo con esos hilos, ahora entrelazados cual anillos de croché, miramos otra vez a la superficie incendiada del mar, atontados; lo marcamos a fuego en la memoria.


